martes, 4 de agosto de 2009

Equipaje

Viajo ligera. No cargo mucho. Sólo algunos arcoíris bajo el brazo,
nunca se sabe cuando hay que poner color al paisaje
un pañuelo de mi madre, en el que vertió algo de su esencia; una muñeca de trapo, diminuta y mal trenzada, para esa niña que siempre me alcanza
aunque a veces intente dejarla atrás;
un ramo de margaritas, por si debo dar las gracias a una anciana; ungüento de menta, por si hay que curar un pájaro herido; monedas, para el que cante
y encante.

Tampoco olvido un baúl, pequeñito pero pesado. Ahí caben tanto las lágrimas como las sonrisas (a veces se mezclan);
así como las memorias de estrellas fugaces, de olas de mar, de luces navideñas y de canciones de cuna,
que siempre son útiles para adornar las conversaciones con nuevos amigos, tanto los que acabas de conocer, como los que reencuentras después de un tiempo y vas redescubriendo, momento a momento, lo que tanto te gustaba de ellos.

Para terminar me cuelgo un última bolsa, ésta muy liviana, cuya correa atravieso frente al pecho. Ahí llevo un poco de tierra del lugar del que salí la primera vez,
así recuerdo de donde vengo.

Mi Madre me legó la tradición de volverme para decir adiós y ver las siluetas que van volviéndose más pequeñas. Entonces caigo en cuenta:
yo soy el horizonte que se aleja.

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